El canto jubiloso de los ángeles

“Estaba por terminar el siglo diecinueve cuando Nietzsche recibió la visita de Lou Andreas-Salomé. ‘El siglo ya va a terminar’, comentó el filósofo loco a la vieja amiga. Se cuenta que entonces Lou tomó su mano y le respondió: ‘Tu siglo, mi querido Friedrich, apenas comienza’. Friedrich Nietzsche murió entre el ocaso del siglo que le tocó vivir y la aurora del siglo que le reconocería como uno de los más grandes y polémicos pensadores de todos los tiempos. El hombre que inspiró más de 300 composiciones musicales, entre las que destacan las conocidas obras de Strauss, Orff, Wolf y por supuesto Gustav Mahler, consideró que ninguna forma de expresión podría ser comparable con la música”.

Tal comienza la espléndida presentación de Paulina Rivero Weber al libro-disco Nietzsche: su música, editado por la UNAM con motivo del centenario de la muerte de una de las cúspides del pensamiento del siglo XIX, un hombre que en algún momento de su vida llegó a soñar en México como el país ideal para vivir; esto no se concretó, pero su filosofía dejó huella entre nosotros.

Rivero nos dice que detrás de la asimilación del pensamiento de Nietzsche en México se encuentra una singular y significativa historia de la situación cultural de nuestro país a partir de que Gabino Barreda implantó el sistema positivista para la educación de la nación. “Fue de la mano del pensamiento de Nietzsche que en 1907, Antonio Caso introdujo la filosofía de Nietzsche en México: a partir de ese momento, Nietzsche ha tenido un papel fundamental en la cultura de este país.”

En el 176 aniversario de su nacimiento el 15 de octubre de 1844 en Röcken, un villorrio alemán de Sajonia-Anhalt, me honra compartir con mis lectores el texto de la doctora Rivero:

“La faceta [...] del Nietzsche músico, es fundamental para comprender al hombre y al filósofo. Y así lo consideró él cuando al referirse a su Oración a la vida expresó: ‘Deseo que esta pieza musical permanezca como un complemento a la palabra del filósofo que en el ámbito de las palabras, tuvo que quedar por fuerza oscuro. El pathos de mi filosofía encuentra su expresión en este himno’. Nietzsche fue siempre consciente de la oscuridad de su obra, o más bien de lo poco accesible que ésta resultaba para la mayoría. En una carta a Gersdorff, preguntaba: ‘¿Son mis escritos tan oscuros e incomprensibles? Yo pensaba que cuando uno habla de la angustia, aquellos que sienten la angustia entenderían.’ Si su música puede ser el ansiado complemento a la palabra es algo discutible, pero sin lugar a dudas conocerla a fondo y gozar de ella nos acerca más tanto al hombre como al filósofo.

“La obra musical nietzscheana comprende más de 70 piezas de diferente tipo: composiciones vocales, instrumentales, coros a capella, música sacra -entre la que encontramos partes de una misa- música de cámara y música orquestal. Hasta muy recientemente muchas de estas composiciones habían permanecido desconocidas.

“Nietzsche nació en Röcken, un pequeño poblado a menos de una hora de Leipzig. Los primeros años de su vida transcurrieron armoniosamente en ese pequeño pueblo. La casa, aún hoy en día rodeada por jardines, se encuentra junto a la pequeña iglesia del pueblo en donde su padre oficiaba como pastor. Al morir éste en 1849, el resto de la familia se mudó a Naumburg, en donde pocos años más tarde surgirían los primeros intentos de composiciones musicales. El primer apunte musical es un fragmento melódico escrito en una hoja de papel secante, que data de 1852. Hacia 1854 Nietzsche escucha el Aleluya de El Mesías de Händel, lo que le produce una fuerte impresión. En seguida decide componer música: ‘Me sentí embriagado por completo, comprendí que así debía ser el canto jubiloso de los ángeles… Inmediatamente tomé la determinación de componer algo parecido…’

“Nietzsche avanza notablemente en su educación musical: a los dos años de estudiar piano (1854-1856) toca ya viarias sonatas de Beethoven, así como la segunda sinfonía del mismo compositor en arreglo para cuatro manos. Es en estos mismos años que entabla una profunda amistad con Gustav Krug – que años después musicalizaría algunos textos del propio Nietzsche. Gustav era hijo de un virtuoso amante de la música, que llegó a componer piezas musicales que en su momento fueron bien valoradas. A veces, ante la casa de Krukg, Nietzsche llegaba a permanecer inmóvil escuchando sublimes melodías de Beethoven que surgían de las reuniones del selecto círculo de melómanos.

“Nietzsche fue un intempestivo en todos los sentidos. Es notable cómo en plena juventud musicalizó el poema de Friedrich Rückert Aus der Jugendzeit (De la juventud) que añora la lejana y perdida juventud, y divide su obra poética en tres etapas diferentes; fue un genio precoz. No fue un niño ni un adolescente común; su seriedad y retraimiento eran causa de comentarios y bromas constantes. Este aspecto taciturno de su alma parece expresarlo en la melodía So lach doch mal (Ríe ya). Según Nietzsche, esa melodía pretendía expresar los aspectos taciturnos en la belleza de la naturaleza. Ya hacia 1862 escribe Da geht ein Bach (Por ahí pasa un río).

“Hacia fines de 1864, cuando Nietzsche comenzó sus estudios en la Universidad de Bonn, compuso durante los meses de noviembre y diciembre una serie de 12 canciones, de las cuales hoy en día sólo se conocen nueve. La presente grabación ofrece dos de ellas: Beschwörung (Conjuración), y Das Kind an die erloschene Kerze (El niño a la vela extinguida) que es la musicalización de un poema de Adalbert von Chamizo. Al parecer estas melodías se escribieron para Marie Deussen, hermana de un amigo de Nietzsche.

“Poco después, en julio del mismo año, escribe Die junge Fischerin (La joven pescadora). Ésta es la única canción de la cual tenemos la certeza de que Nietzsche escribió el texto, y curiosamente no se trata de un texto filosófico. En él habla la voz de la pescadora que añora y reclama la presencia de su amante. Por su parte, Herbstlich sonniege Tage (Días soleados de otoño), composición para piano y cuatro voces, nos remite a abril de 1867: en esta composición aparecen seis de las nueve estrofas del poema de Emanuel Geibel; parece ser que la musicalización del mismo la llevó a cabo para sus compañeros de Leipzig.

“Muy pronto el joven Nietzsche fue llamado a ser docente en Basel, en donde hacia 1870 conoció al profesor de teología Franz Overbeck, quien sería un amigo de por vida, y a quien tanto debieron Nietzsche y su familia durante los difíciles últimos 11 años de vida del filósofo. Con él tocaría constantemente el piano a cuatro manos, y esa amistad lo motivó a escribir, entre 1871 y 1874, varios duetos para piano. Es ésta la época en que Nietzsche entabla una profunda amistad con Richard Wagner y su esposa Cósima, lo que le acercó aún más al mundo de la música. Por siempre el filósofo recordaría estos días como días de fiesta, de amistades profundas y vivencias plenas en compañía de los Wagner. A decir de Curt Paul Janz, 1871 fue el año más feliz en la vida de Nietzsche. Es cuando termina de dar forma a lo que será su primer libro, El nacimiento de la tragedia, y paralelamente logra la más profunda amistad con Wagner y con Cósima, a quien acompaña a conciertos dirigidos por el gran compositor. Para esos momentos, aún no publicaba nada que le enemistara con nadie, y su salud era todavía buena.

“Hacia 1873, Nietzsche compuso una melodía para hacer un obsequio: ‘…los últimos días he hecho un regalo de bodas para la señorita Olga Herzen, quien se casa en marzo con el señor Monod: una composición para cuatro manos, pensada para el matrimonio, con el título Monodie a deux (Lob der Barmherzigkeit).’ Se trataba de la boda de la hija adoptiva de Malwida von Meysenbug, la maternal amiga de Nietzsche, con el historiador francés Gabriel Monod. El título es un juego de palabras que incluye los nombres de los contrayentes (Monod y Herz). Realmente ésta es una especie de réplica de la Introducción a la Anunciación de María, un proyecto para un oratorio de Navidad que había escrito en 1861.

“El último de los duetos compuestos por Nietzsche, fue también su última composición. Es el Himno a la amistad, que como versión para piano data del 29 de diciembre de 1974. Sin embargo el primer bosquejo venía de la Navidad de 1872 en Naumburg. Nietzsche nunca dedicó a una composición tantos años como los dedicó a ésta. Es esta misma melodía la que trabajaría ocho años más tarde, en 1882, para musicalizar el poema de Lou Andreas-Salomé, titulado Gebet an das Leben (Oración a la vida). La transcripción para piano, así como la orquestación de esta obra, fue llevada a cabo en 1887 por Heinrich Köselitz, a quien Nietzsche siempre llamó Peter Gast. En los momentos en que Köselitz llevaba a cabo esta instrumentalización, le resultaba inimaginable pensar que pronto su amigo y maestro estaría sumergido en la noche más oscura. Ya en la locura, el alejamiento inicial de Köselitz contrasta con la actividad incansable de Overbeck, quien se hizo cargo del viejo amigo y de su familia. El mismo Köselitz confesó después que ese alejamiento se debió a que, ante la noticia de la locura del amigo, primero estuvo a punto de suicidarse, y luego a punto de enloquecer. Heinrich Köselitz (Peter Gast) nunca se perdonó no haber acudido a Turín a pesar de la constantes invitaciones, que eran ya casi una súplica del amigo para acompañarlo. Pero gracias a él la ‘Oración a la vida’ (para piano y voz) y el ‘Himno a la vida’ (para coro y orquesta) fueron las únicas obras musicales que Nietzsche llegó a ver publicadas. En cuanto al texto, en el poema de Lou Andreas-Salomé, Nietzsche encontró la expresión de su propia actitud hacia la vida. Porque su obra filosófica es un canto de amor y aceptación a la vida en su finitud. Él enaltece la vida, la ama como un amigo ama a otro: con su amor y desamor, con su dolor y su alegría. Para él la muerte no es algo ajeno a la vida; es la vida misma la que nos arranca hacia la muerte; la muerte es parte de la vida, es la forma de ser de la vida humana; la vida es finita, y somos el ser con plena conciencia de lo que esto implica.

“Este ‘Sócrates musical’ que fue Nietzsche, dejó por escrito un deseo respecto a su última obra. En una carta a Hans von Bülow, habla de su Himno a la amistad ya transformado en la Oración a la vida y dice: ‘En algún momento del futuro cercano o distante, debe cantarse en mi memoria, en memoria de un filósofo que no tuvo presente, que ni siquiera quiso tenerlo’ Ni Hans von Bülow, ni el mundo filosófico o musical prestaron atención a esa indicación.”




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